La inteligencia de los Papagayos: habla, consciencia y empatía
Francisco Lapuerta Amigó
Sin duda, una de las cosas que más atraen a los amantes de los papagayos es la inteligencia de estos animales. Son aves excepcionalmente curiosas, inquisitivas y sensibles. Están consideradas junto con los córvidos las aves más inteligentes que existen, pero a menudo los dueños de loros mascota antropomorfizan sin advertirlo: antropomorfizar consiste en considerar que otras entidades no humanas son como nosotros. Creemos que las mentes de nuestros animales funcionan como las nuestras, y esto es un error producto del desconocimiento. El campo de la inteligencia animal no está completamente dominado por el conocimiento científico, pero hay al menos algunos conceptos de la etología que podemos ir teniendo en cuenta.
1. Introducción a la etología de los papagayos:
Los papagayos o psitaciformes se cuentan entre las aves más altriciales. A diferencia de otras aves como las gallináceas o las anátidas, que son precociales, las aves altriciales nacen muy poco desarrolladas, ciegas, y necesitan ser alimentadas por sus padres durante un período relativamente largo que puede durar desde los cincuenta días de un agapornis hasta los seis meses de un guacamayo. Como todas las aves altriciales, tienen un lento desarrollo y tardan en madurar sexualmente, en algunos casos hasta los cinco años de edad. Son, además, aves longevas y de movimientos lentos, más propios de los mamíferos de cierto tamaño que de las aves.
Esto es importante para la inteligencia, por dos razones: por un lado, porque al estar más tiempo en contacto con sus padres desde su nacimiento, tienen más oportunidad para aprender destrezas; por ejemplo, la búsqueda y selección del alimento, o bien la capacidad para volar, planear, aterrizar y moverse en vuelos cortos y ágiles entre las ramas. Por otro lado, porque al ser más longevas tienen más oportunidades para adaptarse a cambios del entorno, y deben tener buenos mapas mentales del espacio en el que pueden hallar comida, así como memoria de las distintas fuentes de agua y alimento, incluso de lugares de nidificación, que pueden encontrarse en el entorno.
Las psitaciformes, en su mayoría, son aves generalistas: exceptuando los loris y algunos guacamayos, tienen dietas muy variadas: bayas, frutos, flores, semillas, hojas, insectos… No solamente son omnívoros, sino que se pueden calificar de generalistas tróficos: consumen una gran variedad de alimentos (pueden ser muchas especies de plantas, por ejemplo). En cierta medida y aunque en unas especies esto está más claro que en otras, los loros poseen una capacidad típica de los animales generalistas: la plasticidad ecológica. Es la capacidad de explotar distintos recursos cuando los que se venían explotando no están ya disponibles. Para ello tienen que ser capaces de aplicar lo aprendido en una situación o en un entorno a otras situaciones o entornos distintos, y esto es un signo de inteligencia que sobre todo tienen los generalistas
Es cierto que en los ambientes tropicales las condiciones climatológicas son mucho más estables en general que en zonas frías, pero porque no hay tantos extremos, lo cual no quiere decir que no haya variación en un ecosistema de selva tropical; aunque no lo parezca, también en las selvas tropicales hay distintas estaciones: una estación más lluviosa y otra más seca, y dentro de cada una de ellas, hay una sub-estación lluviosa fuerte y una sub-estación seca algo más árida; variaciones pequeñas, pero suficientes como para que las hojas, brotes y frutos de la gran cantidad de especies vegetales que consumen los papagayos tengan su momento de maduración dependiente de la época del año. Aunque la selva nos parece un ecosistema homogéneo, no lo es en absoluto, pues hay cuatro niveles: nivel del suelo, nivel intermedio, dosel y copas emergentes. Cada uno de ellos es un ecosistema distinto, y además hay charcas, ríos, zonas de bosque primario más húmedas, manglares, etc., todo lo cual facilita una extraordinaria biodiversidad en medio de un frágil y complejo equilibrio.
Los generalistas tróficos, por lo demás, están dotados de sabiduría nutricional: ante una gran variedad y abundancia de alimento saben seleccionar una dieta equilibrada. Es decir, aciertan en la compensación de nutrientes, en la evitación de la toxicidad, incluso también en la farmacognosis, que es la capacidad para ingerir sustancias que les pueden aliviar ciertos problemas digestivos, como es el caso de la geofagia (ingestión de arcilla), cuya existencia se ha demostrado existe en numerosas especies de papagayos. En el caso de los papagayos, se ha demostrado que en su sabiduría nutricional hay un importante factor aprendido, por eso no aprender a seleccionar de manera correcta un loro criado en cautividad, al que, si le diéramos la oportunidad, comería sin un buen control de lo que le conviene a su organismo.
Las aves más generalistas (como los cuervos, además de los papagayos) tienden, además, hacia la neofilia, un concepto de la etología que indica que se sienten atraídos hacia lo nuevo, que cualquier cosa nueva constituye un estímulo que vale la pena explorar; es la curiosidad, que les permite identificar nuevos recursos alimenticios. Esta atracción por los objetos (por ejemplo, los cuervos se sienten atraídos por los objetos brillantes, los papagayos por los objetos coloreados…) han de compensarla con la precaución para evitar consumir sustancias tóxicas. Por eso poseen, algunas especies más que otras, neofobia: aversión hacia lo nuevo, que representa un peligro hacia ello. Un gris africano nos parecerá un animal típicamente neofóbico, y sin embargo en libertad no lo es tanto: ¿cómo es posible que sea miedoso y curioso a la vez? Lo que ocurre es que supera la neofobia en presencia de coespecíficos; esto es, los grises, como otras aves que han de buscar un compromiso entre la neofilia y la neofobia, son capaces de atreverse a consumir alimentos nuevos cuando observan que los demás miembros del grupo lo hacen.
Otra cosa que merece destacarse de los papagayos es que poseen una habilidad muy poco frecuente entre las aves: utilizan las patas para asir alimentos y llevárselos a la boca. No es que tengan con las patas una gran capacidad manipulativa (que sí tienen con el pico), pero sí son capaces de rotar con precisión un objeto, como es una cáscara de nuez, y lo hacen con movimientos lentos y estudiados, lo que implica una activación de las áreas del cerebro dotadas para la psicomotricidad.
Las características ecológicas que hemos visto nos llevan a una curiosa coincidencia: en gran medida, son características compartidas por los primates. De los papagayos podemos decir que son como los «primates entre las aves». De hecho, los loros comparten con los primates los rasgos siguientes:
- Nacen completamente indefensos, tienen cierto retraso madurativo y una considerable longevidad.
- Son generalistas tróficos. Son predominantemente vegetarianos, pero aprovechan una amplia variedad de alimentos: frutas, semillas, hojas, tallos, bayas, insectos, néctar, gusanos y carne.
- Son muy sociales, lo que les faculta para el reconocimiento individual y la interacción continua. Se acicalan mutuamente.
- Tienen una gran capacidad de aprendizaje, lo que les permite adaptarse a situaciones nuevas.
- Poseen plasticidad ecológica: aplican lo aprendido en un dominio a otro dominio distinto.
- Tienen cierta capacidad de imitación, tanto en sonidos como en lenguaje corporal y destrezas básicas.
- Se muestran curiosos y juguetones, incluso cuando son adultos. Les gusta explorar su entorno en previsión de ocasionales descubrimientos tróficos y de detección de peligros.
- Tienen capacidad manipulativa: pueden asir objetos con precisión.
- Tienen capacidad de orientación espacial y usan pautas (regularidades del entorno) para no perderse en el complejo entorno arbóreo. Tienen hábitos forestales y son hábiles trepadores.
- Disponen de una buena capacidad fonadora para emitir mensajes vocales.
Es una comparación atrevida, puesto que hay también grandes diferencias: concretamente, la mayoría de los primates son poligínicos, mientras que los papagayos son monógamos. Al ser poligínicos (un macho tienen la exclusiva en el acceso sexual a varias hembras), hay competencia entre machos y se establecen relaciones jerárquicas en el grupo. Por el contrario, en el caso de los papagayos las jerarquías son débiles y cambiantes.
2. El habla.
Los psitácidos no son pájaros cantores, pero emiten una amplia variedad de vocalizaciones: sobre todo llamadas de contacto dentro de la bandada, pero también de alarma, de cortejo, de atención, de amenaza, de localización del alimento, de repliegue o de identificación. Durante un tiempo se pensó que en la naturaleza no imitaban otras voces distintas a las vocalizaciones de su especie (vocalizaciones aloespecíficas), pero está ya suficientemente comprobado que en la naturaleza imitan sonidos del entorno. ¿Por qué lo hacen?
La explicación más aceptada es que se trata de una conducta territorial. Al igual que el miná (Gracula religiosa) y algunos córvidos, emiten llamadas de individuos que son de su especie, es decir, de aloespecíficos territoriales. De este modo intentan que otros animales no franqueen los límites de su espacio vital (el llamado home range). Se podría decir que los están engañando al comunicarles la falso mensaje de que ahí hay un individuo, igual de territorial que ellos y de su misma especie, que no está dispuesto a dejarle entrar. Pero los loros que viven en cautividad, obviamente, no utilizan su capacidad de imitación vocal con la misma función adaptativa, sino más bien con otra: la de integrarse en su bandada humana. Como ven que nosotros hablamos, ellos también lo hacen.
Pero… ¿realmente hablan? Hablar es hacer un uso comunicativo del lenguaje oral, pero el «lenguaje» implica dos cosas: léxico y sintaxis. El léxico son las palabras, y la sintaxis son las reglas para combinarlas. Los loros pueden hacer uso del léxico, pero no son capaces de unir las palabras para construir frases. Por supuesto, hay que admitir que llegan a comunicarse con palabras o frases del lenguaje verbal humano, pero no emplean una combinatoria para llevar un poco más lejos esas expresiones en su intención comunicativa. Por tanto, si nos atenemos a esta canónica definición de «lenguaje» y de «hablar», de ninguna manera es cierto que los loros aprenden a hablar. Pueden aprender muchas palabras, pero no tienen ni idea de gramática.
Cuando un loro profiere palabras humanas puede estar simplemente practicando sus nuevas adquisiciones en privado, ensayando, sin intención comunicativa. Pronto se decidirá a poner en práctica la vocalización aprendida y habrá, entonces sí, intención comunicativa. ¿Qué tipo de intención, exactamente? Su intención primaria será la misma que persiguen los loros en libertad cuando aprenden vocalizaciones naturales de sus padres: ganarse la aceptación de su bandada.
El loro aprenderá a emitir ciertas palabras en las situaciones apropiadas, y eso le granjeará más aceptación todavía. Son pájaros muy observadores, y les resulta fácil saber cuándo van a suscitar las reacciones esperadas de sus dueños. Hablarán con la expectativa de una reciprocidad satisfactoria, y si no la obtienen dejarán de hacerlo. Tal vez porque no esperan otra cosa más que reacciones inmediatas, en su intento de comunicarse los loros no hacen un uso descriptivo del lenguaje. Nunca conseguiremos que describan hechos, nunca comentarán lo que han visto ni relatarán un episodio de su experiencia; por ejemplo, nunca nos dirán qué le ha sucedido si se ha dañado en una parte de su cuerpo. No hacen un uso constatativo, sino expresivo (o, si se prefiere, emotivo) del lenguaje. Si el loro aprende a formular una pregunta, por ejemplo «¿cómo estás?», no lo hará para que se le conteste específicamente a ello, sino como una manera de demandar una respuesta, cualquiera que sea ésta. Más que hacer referencia a las cosas, los loros se refieren a sí mismos comunicando emociones.
Aprenden las vocalizaciones humanas en contextos concretos para usarlas en el momento en que ellos saben que obtendrán una respuesta; pero no les importará cuál sea el contenido de la respuesta, sino el hecho de que haya una respuesta. Por supuesto, prefieren que sean respuestas amables, cargadas de afecto, elogiosas. Con el habla, por tanto, reclaman el tipo de atención que necesitan y en la medida en que la necesitan.
¿Pueden llegar a expresarse con sentido? Depende de qué entendamos por hablar con sentido. Hay toda una escuela de filosofía del lenguaje que sostiene que los seres humanos aprendemos a utilizar correctamente las palabras observando cómo otros las emplean. Los humanos aprendemos a hablar a partir de las circunstancias del contexto, no del ejercicio consistente en archivar mentalmente el significado de las palabras. Los papagayos hacen exactamente lo mismo: memorizan modelos de uso. Recuerdan qué reacciones generó en determinadas personas de su entorno y en cada situación concreta tal o cual expresión, y vuelven a usarlas con la expectativa de que se repita la situación. Ha de haber, forzosamente, eso que hemos llamado reciprocidad satisfactoria para que el loro quiera usar de nuevo la expresión y seguir asimilando otras nuevas. Y, por supuesto, llegan a comunicarse con sentido, si eso quiere decir saber utilizar la expresión adecuada en el momento adecuado. Pero no olvidemos que se trata de un uso emotivo, más que descriptivo.
Pero hay otra cuestión: ¿tienen noción del significado de las palabras que usan? Como decía el filósofo Ludwig Wittgenstein, la mejor prueba de que se conoce el significado de una palabra es saber usarla en las circunstancias apropiadas. Pero es dudoso que los loros conozcan el significado referencial: ¿saben que «cacahuete» es el fruto seco que le ofrecemos, o piensan que «cacahuete» es el ofrecimiento de la golosina? Puede parecer lo mismo, pero obviamente no lo es. En el primer caso se trata de un significado referencial, en el segundo, de un significado emotivo. Según Irene M. Pepperberg y otros investigadores, para aceptar que un animal hace uso de un lenguaje referencial (o con significado) cuando emite un sonido, no ha de tratarse de una mera referencia del tipo «aquí y ahora» a un objeto o acción (como es el caso de las vocalizaciones de los monos vervet), sino una referencia a un objeto no presente (como ocurre, por ejemplo, cuando un loro pide algo que no tiene delante, sin que haya sido alguna pista del entorno lo que le ha remitido a ese objeto).
Nada como el método desarrollado en los años setenta por Dietmar Todt y perfeccionado en los ochenta por Irene M. Pepperberg para lograr que los loros hagan un uso referencial del lenguaje (esto es, sepan hablar conociendo el significado de las palabras que usan). Es el método modelo/rival: consiste en poner al loro en situación de observar cómo dos personas interactúan como si fueran un entrenador y «otro loro» que acierta sus preguntas y recibe como premio, cada vez que acierta, el objeto sobre el que se le ha preguntado. Tras haberlo observado, se le repite la pregunta al loro.
Las tres claves del método modelo/rival son:
-Que el refuerzo es intrínseco (lo que facilita la referencialidad lingüística): cuando el loro emite la vocalización correcta, no se le premia con un alimento que no tiene nada que ver con la palabra, sino que se le da el objeto designado (y después se le premia).
-Que se posibilita la identificación con el otro, es decir, la imitación. Es un sistema de aprendizaje por imitación. El loro sabe que si hace lo mismo que el modelo rival, obtendrá las mismas recompensas.
-Que al intercambiar los papeles los entrenadores, el loro aprende de cualquier modelo rival y de cualquier entrenador. No asocia la recompensa a lo que hace un individuo, sino que llega a saber que, sea quien sea el que se comunique con él en esos términos, de él obtendrá la expectativa satisfactoria.
Es un método que cualquiera que tenga un loro con capacidad para el habla (yaco, amazonas…) debería intentar. Lo que está suficientemente demostrado, tanto con simios como con papagayos, es que el lenguaje es una herramienta que aumenta el potencial cognitivo. Por eso vale la pena ofrecérsela a nuestros loros.
3. La consciencia.
Los dueños de animales mascotas piensan invariablemente que sus animales son conscientes de sus estados mentales, que pueden «ver lo que pasa por sus mentes» como lo hacemos nosotros, que tienen ese «ojo interior» (en expresión de Nicholas Humphrey) que les permite entenderse a sí mismos como sujetos dotados de un mundo psicológico interno. Nadie duda a estas alturas, como lo hizo Descartes en su día, de que los animales tienen mentes complejas; con emociones, memoria, mapas mentales, capacidad conceptual e incluso imaginación onírica. Tampoco duda nadie de que tengan una cierta conciencia de su propia existencia (se irían dando batacazos contra las cosas si no fueran conscientes de las dimensiones de su propio cuerpo, por ejemplo). Lo que sí dudan los especialistas en cognición animal es que sean conscientes de sus contenidos mentales.
Tener consciencia de los contenidos mentales propios es tener la capacidad de representarse las propias representaciones (representaciones secundarias o metarrepresentaciones). Una representación que puede hacerse un animal es, por ejemplo: «¡quiero sexo!». Una metarrepresentación sería: «soy un individuo en celo y en este momento me estoy viendo a mí mismo queriendo sexo».
Los animales tienen sensaciones, pero en su medio natural podrían no haber necesitado ser conscientes de ellas, sino tan sólo saber responder correctamente ante las situaciones que las suscitan. Podrían, concretamente, aprender a asociar entre las sensaciones y las consecuencias que se derivan de ellas.
Pensemos, por ejemplo, en el acicalamiento del plumaje que hace un loro. En parte instintivo en parte aprendido, el acicalamiento le reporta un bienestar físico derivado del hecho de que las plumas están limpias y perfectamente colocadas en su sitio, y ese bienestar físico tiene a su vez como consecuencia un bienestar psíquico. Si la sensación «ganas de atusarse las plumas» es asociada a la sensación de bienestar físico y psíquico, la conducta se repetirá una otra vez, mientras funcione. ¿Es necesario para algo ser consciente de ello?
Imaginemos ahora que el loro se arranca las plumas. ¿Cómo es posible, nos preguntamos, que no le moleste verse a sí mismo como un loro que se está quedando sin plumas? Es que quizá no pueda molestarse de tal cosa por el hecho de que no puede verse a sí mismo como un individuo: no puede tener una representación secundaria. A lo mejor, lo que le pasa es simplemente que le molestan las plumas, que crecen débiles y a destiempo porque padece alguna enfermedad que lo ha debilitado, y por eso se las arranca. Puede tener una sensación de su propio cuerpo y haberla asociado a una conducta, pero no es en absoluto seguro que se haga una representación mental de sí mismo como siendo un loro que tiene esa sensación. Quizá deberíamos decir: no es que no le importe ser un loro con picaje, es que no puede hacerse una metarrepresentación.
El fracaso de los loros ante la prueba del espejo (Gallup) parece avalar esta hipótesis. En cualquier caso, la prueba del espejo está en entredicho: se ha señalado (Povinelli) que cuando un chimpancé se toca la frente en la que se ha pintado un punto de color, puede estar simplemente descubriendo que la imagen del espejo hace lo mismo que él: hay correspondencia. Eso debería hacernos concluir que el chimpancé está pensando «¡eso hace lo mismo que yo!» y no necesariamente «¡eso soy yo!». Habría ahí autorreconocimiento como una entidad física, pero no como una entidad psicológica.
4. La empatía.
La mejor manera de saber si un animal es consciente de sus procesos mentales es sabiendo si tiene capacidad empática: si tiene la capacidad de entender lo que pasa por la mente de otros, se supone que es porque está capacitado para conocer lo que pasa por su mente. Al fin y al cabo, tener empatía es «ponerse en la mente de otro» o, como se dice habitualmente, «leer la mente». Uno no puede hacer una lectura de la mente de un coespecífico si no puede hacer una lectura de su propia mente.
Pero hay un nivel más básico de empatía que no requiere esta habilidad cognitiva. Es una especie de empatía física, que está muy presente en las aves y mamíferos, y que recibe el nombre de contagio emocional. En aves gregarias, estar bien sincronizado con el resto de la bandada es ventajoso para la supervivencia, no sólo para optimizar el vuelo, sino también para eludir a los depredadores en el momento de alimentarse: si un individuo detecta el peligro, toda la bandada reacciona. Los papagayos, como otras aves, son muy sensibles a los estados de ánimo de otros compañeros de bandada; detectan en sus movimientos si se trata de una señal de alarma.
Por eso a los dueños de loros mascota nos parece a veces que «intuyen nuestro estado de ánimo». Nosotros formamos parte de su bandada, por tanto es comprensible que ellos estén muy pendientes de si nuestras acciones, lenguaje corporal, gestos o palabras son los habituales, los esperables en la vida rutinaria. Si no lo son, se alarman: detectan que algo anormal está pasando o puede pasar de modo inmediato. Su comprensión de nuestros estados de ánimo no requiere una lectura de la mente, sino una sensibilidad muy acusada hacia los indicios ambientales que revelan una situación inhabitual.
En cualquier caso, sigue siendo una incógnita si los papagayos poseen la capacidad de entender que existen otras mentes. Es la controvertida cuestión de la «teoría de la mente». Los psicólogos cognitivos denominan teoría de la mente a la capacidad de un individuo de comprender que los demás tienen mentes distintas a la suya. Para que un papagayo tenga teoría de la mente (o empatía, si nos gusta más) habría de cumplir un triple requisito:
. tiene que poder recordar una experiencia similar a la que le ocurre a otro;
. tiene que ser capaz de «mirar» en el interior de su propia mente;
. y tiene que proyectar su experiencia mental sobre otro sujeto suponiendo que éste está pasando por algo parecido.
No se han hecho experimentos sobre esta cuestión con psitácidos, pero sí con primates. Y quizá éstos puedan algún día aplicarse a los psitácidos. Veamos algunos experimentos realizados sobre autoconsciencia y teoría de la mente (referidos por Eugen Linden en The Parrot's Lament. And Other True Tales of Animal Intrigue, Intelligent and Ingenuity).
1- David Premack, 1978. Experimento Sally/Ann: con niños:
Un niño ve como Sally entra en la habitación, coge una canica y la mete en una bolsa. Y sale de la habitación. Después viene Ann, saca la canica de la bolsa, la esconde en una caja y se va. Regresa Sally y se le pregunta al niño dónde va a buscar Sally la canica. ¿Sabe que va a ir a buscarla al lugar equivocado (la bolsa)?
2- Daniel Povinelli. Con chimpancés y con macacos rhesus:
Un chimpancé tiene que decidir cuál de las dos personas le puede ayudar mejor a encontrar la comida que previamente les han escondido. Una de las personas estuvo presente en el momento en el que alguien escondía comida en unas cajas que ellos no pueden abrir. La otra no estaba presente. Los chimpancés supieron elegir a la persona adecuada, mientras que los macacos rhesus acudían indistintamente a uno u otro humano. ¿Sabían que en la mente de una persona existía el conocimiento adecuado mientras que en la mente de la otra había un conocimiento inadecuado sobre la ubicación de la comida?
3- Juan Gómez, Zoo de Madrid. Con un orangután:
El orangután TK observaba cómo un cuidador introducía una golosina en una caja y una llave en otra. Luego se iba y regresaba, cogía la llave, abría la caja de la golosina y se la daba. Después de repetir esta operación varias veces, vino otro cuidador y la escondió en una tercera caja. Entonces volvió el primer cuidador y, al verlo, el orangután señaló hacia la caja en la que estaba la llave. ¿Sabía que su cuidador estaba equivocado sobre la ubicación de la llave?
4- Dan Sillito y Rob Shumaker. Con chimpancés:
Una persona escondía comida bajo una de las dos tazas que había. Los chimpancés no podían levantar la taza, pero los cuidadores sí. Entonces los chimpancés acudían a los cuidadores y les guiaban hasta la taza que escondía la comida. ¿Estaban demostrando que sabían que ellos (los cuidadores) ignoraban dónde se encontraba la comida? Lo revelador de este experimento es que los chimpancés no se limitaban a pedir la comida, sino que enseñaban a los cuidadores dónde estaba.
5- Rob Shumaker. Con un orangután:
Un orangután veía una golosina (unas galletas), pero no podía alcanzarla. Rob tampoco podía alcanzarla, pero si el orangután le daba una herramienta, sí lograría hacerlo. Rob les pedía ayuda al orangután y éste cogía la herramienta y se la daba para que pudiera alcanzar la golosina. ¿Sabe el orangután lo que pasa por la mente de Rob cuando le pide ayuda?
6- Otro experimento con chimpancés y monos capuchinos:
Los chimpancés debían elegir cuál de las dos personas tenía que entregarles un vaso de zumo. Una de ellas, el cuidador bueno, derramaba accidentalmente casi todo el contenido del vaso haciéndose el patoso. La otra, el cuidador malo, derramaba intencionadamente la mitad del vaso. Los chimpancés escogían al patoso a pesar de que conseguían menos cantidad de zumo. Sometidos a la misma prueba, los monos capuchinos escogían al cuidador malvado, simplemente porque acababa entregando más comida. Daba la impresión de que los chimpancés, a diferencia de los capuchinos, se daban cuenta del estado mental de los cuidadores.
7- Seyfarth y Cheney con cercopitecos de cara negra:
Un cercopiteco hembra que tenía una cría propia a su cargo, tenía que responder con un chillido ante una amenaza; primero con la cría, después sin ella (y con la certeza de que la cría no se había percatado por sí misma de la presencia de la amenaza). El experimento mostró que no había ninguna diferencia en la llamada de alarma de la madre, con lo que parecía demostrar que la madre no actuaba en función de lo que su cría sabía o ignoraba.
8. Boysen con chimpancés:
El mismo experimento fue repetido por Boysen, esta vez con chimpancés. Los chimpancés se alertaban unos a otros cuando veían a un cuidador entrar en la jaula de uno de ellos con una pistola de anestesia, pero no cuando entraba el cuidador con alimento o con otros objetos inofensivos.
9. Boysen con Sheba y Sarah, dos chimpancés (intelecto contra instinto):
Cuando se le enseñaba a Sheba dos platos de comida, uno con poca cantidad y otro con mucha y se le daba a elegir, después de elegir el más grande éste era entregado a Sarah. Una y otra vez, Sheba elegía el plato más grande, y veía cómo éste era el que le daban los cuidadores a Sarah. Parecía incapaz de comprender que si elegía el más pequeño, se le entregaría a ella el grande. Pero después los entrenadores cambiaron la comida por unas fichas, manteniendo las cantidades igual que antes: en un plato muchas, en otro muy pocas. En este caso, Sheba elegía el más pequeño para que le dieran a ella el más grande. Ante la comida no había sido capaz de reprimir su impulso para razonar, pero ante las fichas sí. ¿Demostraba eso que era capaz de entender lo que pasaba por su mente?
Tener teoría de la mente podría haber resultado muy adaptativo en el curso de la evolución, como sugiere Nicholas Humphrey. Un individuo con teoría de la mente podría, por ejemplo, engañar a otros. Si sabe lo que el otro ignora, será fácil para él hacer lo posible para que siga ignorándolo (por ejemplo, disimular ante la presencia de una fuente limitada de alimento, para que el otro no se percate de que existe y así poder comer sin compartirla). La conducta de simulación y engaño reportaría grandes ventajas; asimismo, podría anticiparse a las intenciones de los demás para que éstos no le engañaran.
No sabemos todavía si para los papagayos en libertad puede ser ventajoso interpretar las intenciones de los miembros de su misma bandada intuyendo qué es lo que pasa por sus mentes en un momento dado. Pero sí podemos saber qué es lo que hacen los papagayos en cautividad con sus bandadas humanas. Aunque mi experiencia es muy limitada en este terreno, creo que hay algo que puede sostenerse al respecto.
Cuando hablan (cuando imitan vocalizaciones humanas), los loros quizá no quieren influir en la mente, sino tal vez únicamente en las acciones de los humanos. Para clarificar esta cuestión, podemos comparar lo que hacen con las palabras los niños que todavía no saben hablar (entre un año, y un año y medio) y lo que hacen con las palabras los papagayos.
Cuando un niño señala un objeto y dice la palabra que lo designa, está probablemente queriendo influir en la mente de sus padres; está demostrando lo que es capaz de hacer para que éstos queden gratamente impresionados y le elogien o sonrían ante su habilidad. ¿Por qué hace esto el niño? Porque ha recibido una transmisión cultural valorativa. Es decir, al niño se le ha educado valorando positivamente determinadas conductas, lo que promueve en él un sentimiento de contentar a los padres insistiendo en esas conductas reforzadas. Esto obedece, sin duda, a una predisposición biológica: las sensaciones de placer o desagrado que condicionan el aprendizaje individual.
En el caso de los loros mascota, cuando emiten «palabras protodeclarativas» (por ejemplo, cuando nombran a las personas por su nombre, o cuando nombran un objeto que está a la vista), ¿lo hacen para «contentarnos», o para demostrarnos todo lo que son capaces de hacer? Esto es, ¿lo hacen para influir en nuestras mentes? ¿O simplemente lo hacen buscando un refuerzo afectivo, un elogio o alabanza? Si lo hacen sólo para llamar nuestra atención y que les hagamos un poco de caso, estarían queriendo influir en nuestros actos, pero no en nuestras mentes. Estarían intentando obtener respuestas por nuestra parte que ellos han asociado a las vocalizaciones.
Yo creo que es difícil saber si un loro puede interpretar nuestra mente, pero podríamos hacernos una idea aproximada sobre su capacidad empática estudiando su comportamiento ante lo que en el contexto humano ellos acaban comprendiendo como acciones buenas o malas. Ya que en nuestros hogares existe la transmisión cultural valorativa, y ésta también la aplicamos a nuestras mascotas, sería interesante ver si ellos pueden reaccionar ante lo que nosotros hacemos ver que es bueno o malo con reacciones que reflejen una comprensión de lo que pasa por nuestras mentes. Por ejemplo, con emociones como la culpa o la vergüenza.
Dicen que los guacamayos se ruborizan mostrando un enrojecimiento de sus mejillas desnudas. Nunca lo he visto, pero intuyo que se trata de una simple señal de excitación, y no de un reflejo de una emoción moral, como puede ser la culpa o la vergüenza. Si alguien tiene un guacamayo y lo ha visto alguna vez sentirse avergonzado, podría intentar elevar su experiencia privada a la categoría de descubrimiento científico. Todos saldríamos ganando.